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jueves, 29 de octubre de 2026

La extraña manera de volver a mí


Durante mucho tiempo pensé que la escritora que había en mí se había quedado en algún lugar del camino. No sé exactamente cuándo dejé de escribir con la frecuencia de antes, ni en qué momento las palabras comenzaron a cederles espacio a las responsabilidades, a las ocupaciones cotidianas y a esa costumbre que tenemos de dejar para después aquello que también nos hace felices.

Quizás nunca dejó de estar ahí. Tal vez simplemente guardó silencio.

Hay partes de nosotros que permanecen dormidas durante años, esperando algo que las despierte. No siempre sabemos qué. A veces es una conversación, una ausencia, una emoción inesperada o una de esas situaciones que nos obligan a detenernos y mirar hacia adentro. Y entonces, casi sin darnos cuenta, regresamos a aquello que alguna vez nos hizo sentir profundamente vivos.

En mi caso, regresaron las palabras.

Y qué extraño resulta reencontrarse con algo que, sin saberlo, habíamos extrañado tanto.

Escribir siempre ha sido una manera de comprender el mundo, pero también de intentar comprenderme. Hay pensamientos que no encuentran su lugar hasta que los ponemos sobre el papel. Emociones que parecen confusas mientras permanecen dentro de nosotros y que, al convertirse en palabras, empiezan a adquirir otro sentido.

No porque escribir tenga todas las respuestas, sino porque a veces nos permite formular preguntas que ni siquiera sabíamos que llevábamos dentro.

He vuelto a descubrir el placer de escribir, de leer lo que escribo, de regresar sobre una frase, cambiar una palabra, borrar un párrafo entero y comenzar nuevamente. De encontrar en la lectura de mis propias líneas algo que no había logrado reconocer mientras lo sentía.

Porque escribir también es releerse. Y releerse, de alguna manera, es encontrarse con las distintas versiones de uno mismo.

A veces volvemos a un texto después de algunas horas y descubrimos que ya no lo sentimos exactamente igual. Otras veces encontramos en palabras escritas hace años una verdad que todavía nos acompaña. Y comprendemos que la escritura tiene esa capacidad extraordinaria de conservar instantes, pensamientos y emociones que el tiempo, por sí solo, habría terminado por desdibujar.

También está la lectura. Ese encuentro silencioso con las palabras de otros que tantas veces nos ayuda a reconocer las nuestras. Leer es descubrir que alguien, en otro lugar y en otro tiempo, logró expresar aquello que nosotros apenas comenzábamos a comprender.

Leer nos abre mundos. Escribir nos permite habitar el nuestro de una manera diferente.

Durante mucho tiempo dejé de hacerlo. No porque me faltaran historias, pensamientos o emociones. Quizás porque la vida se fue llenando de tantas cosas que olvidé reservar un espacio para escucharme.

Y, sin embargo, hay algo maravilloso en los regresos que no se planean.

Un día, simplemente, vuelves a escribir.

Sin grandes anuncios, sin proponerte recuperar el tiempo perdido, sin saber siquiera si alguien leerá lo que tienes para decir. Escribes porque necesitas hacerlo. Porque las palabras empiezan a buscar su propio camino y porque descubres que ponerlas en orden también puede ser una forma de ordenar algo dentro de ti.

He pensado mucho en eso últimamente: en la libertad que existe en escribir sin pretensiones, sin buscar aprobación, sin intentar construir frases perfectas. Escribir desde lo que somos, desde nuestras contradicciones, desde aquello que nos conmueve, nos inquieta o nos transforma.

Escribir con el alma, aunque suene a una expresión tantas veces repetida, es precisamente eso: permitir que las palabras nazcan de un lugar verdadero.

No todo lo que escribimos tiene que ser extraordinario. No todas las reflexiones necesitan convertirse en grandes historias. A veces basta con una idea, una pregunta, un recuerdo o una emoción que insiste en encontrar su lugar.

Y tal vez ahí esté una de las formas más hermosas de libertad: poder decir lo que sentimos sin tener que explicarlo todo.

Hoy me alegra haber regresado a este espacio. Me alegra volver a encontrarme frente a una página en blanco y sentir esa necesidad de llenarla de palabras. Recuperar el hábito de escribir, pero, sobre todo, recuperar el placer de hacerlo.

No sé cuánto tiempo permanecerá abierta esta etapa ni cuántas historias terminarán encontrando su camino hasta aquí. Tampoco necesito saberlo.

Por ahora, me basta con reconocer que esa parte de mí que creí dormida sigue viva.

Quizás la escritora nunca se fue.

Quizás fui yo quien, durante algún tiempo, dejó de escucharla.

Y hoy, después de tanto silencio, qué bien se siente volver a encontrar su voz.


La extraña manera de volver a mí

Durante mucho tiempo pensé que la escritora que había en mí se había quedado en algún lugar del camino. No sé exactamente cuándo dejé...